“Que claros son los días cuando la noche oscura toca incesantemente nuestras puertas”, aquellas fueron las últimas palabras de Evan, luego un silencio de ultratumba recorrió los pasillos de aquel viejo caserón de San Telmo. Pocos lo escucharon y menos aun le dieron importancia a las palabras de un pobre anciano en su lecho de muerte. No era un noble caballero de la alta alcurnia, ni un escritor de gran talento, nunca había trabajado mucho ni poco, no se distinguía por nada, y su existencia era tan insignificante como cualquier otra. Vagó décadas por este terreno al que llaman vida, se desplazo imperceptible por todas las etapas de la existencia, pero su nombre es ahora una huella más del pasado, que poco tardará en borrarse. Aun así el era un hombre, y su presencia aunque ya olvidada antes de tiempo, no fue en vano, su amor por la vida y su pasión por preservarla le da el valor suficiente para ser recordado como uno de los más grandes que han caminado sobre este fértil suelo. No necesitó salvar vidas, ni evitar muertes, no construyó rascacielos que sobrepasasen la imaginación del hombre, ni puentes que uniesen los extremos opuestos del universo, solo fue feliz, logro la dicha de la vida, sin pedir nada a cambio, sin preguntarse los porques de todo, sin buscarle la explicación a su felicidad, solo lo fue e intento transmitirla. Pocos lo conocían, aunque el conocía a casi todos, recordaba cada cara, cada gesto y cada particularidad de quienes alguna vez pudieron rodearlo. Su juventud no fue casual, alas experiencia se le presentaron de muy joven, vivió todas las etapas por vivir, hasta la muerte fue bienvenida por el. Dio lo que pudo y obtuvo lo que quiso, pero ya es solo un pasado, poco recordado, y que de seguro nunca será evocado, pero que más da, eso a el ya no le interesa. Pensó minutos antes, lo mejor de la muerte es ya no tener que preocuparse por nada, siquiera ocuparse. Sin dolor ni esfuerzo recorrió lentamente recuerdos que creía haber olvidado, persona que nunca más había visto, lamento un poco perder de vista a tantas personas, a tan importantes seres humanos, pero ya era tarde sabia que no tendría mucho más tiempo, y para que querría tenerlo, era un hombre de edad más que avanzada, casi todos sus conocidos habían muerto hacia mucho tiempo atrás, no estaba solo tampoco, claro que no, era de una sociabilidad pocas veces vista, de menta abierta al extremo, conocía a gentes de todo tipo, y de diversos lugares, eso es cierto el nunca estuvo realmente solo. Pero había algo que lo inquietaba, que abatía su alma, un lamento eterno que nunca dejó de sentir, y era haber perdido de una manera tan estúpida al amor de su vida, al príncipe azul del cuento porteño de hadas. Hacia ya 30 años que no hablaba con Ivan, el amor de sus amores, el ser más especial de la creación de dios. Nunca se perdonó no haber peleado por él. Lastima que hasta para eso fuera tarde, hacia 1 año que Ivan no recorría el mundo de los vivos. Se sentó por última vez en su antiguo sillón de lectura que 61 años atrás compró en una vieja tienda de San Telmo, miro a su alrededor y sintió por primera vez la soledad, su cuerpo estaba frío, y un helor comenzó a poblar su alma. Recorrió con la mirada los empolvados libros que empapelaban las paredes de su habitación, del inconsciente surgió la idea de miedo, pero poco duró, sabía que su destino estaba sellado, cerro los ojos para recordar, no sabia que, pero quería recordar.
Se encontraba corriendo por un túnel incierto, la paredes mohosas lo transportaban a una película de ultratumba pero esta era la realidad, su cuerpo estaba agitado, pero continuaba corriendo, algo lo seguía, nunca lo alcanzó a ver, pero lo sentía, la edad lo ayudaba, pero las fuerzas aún así le eran insuficientes, sacudía su cuerpo, elevaba sus brazos esperando un segundo aire que lo ayudara a recobrarse. Al fondo una imperceptible luz aparecía como la única salvación posible, apresuró el paso dejando atrás el miedo y la incertidumbre, salió por aquel pequeño hueco por el que apenas cabía, al egresar se vio rodeado por sombras humanas, un helado grito pobló el ambiente, mientras las sombras se acercaban gimiendo y riendo con suma cautela, se encontraba rodeado y sin salida, intentó encontrar una pero no la tenia, lo habían planeado desde hace tiempo seguramente, estaban preparados para lo inminente e inmediato, algo toma su tobillo con violencia arrastrándolo hacia la penumbra, exclamó e imploró con sangre entre las encías, lloró hasta el cansancio, pero no lo soltaban, sintió como sus extremidades lo abandonaban despaciosamente, con crueldad y el amargo sabor de la sangre aparecía de la nada.
Abrió los ojos y tomó su última bocanada de aire, sus pupilas se dilataron, y la piel comenzó a perder el color que lo había acompañado durante toda su vida.
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