viernes, 25 de marzo de 2011

Egoismo

Los recuerdos eran solo un doloroso puñal que se introducía de lleno en su alma, pero eran aquellos los únicos acompañantes del día y la noche, en cada estación, a cada momento. Una interminable aflicción lo perseguía, como una hostil sombra que no desea quebrantar su presencia ante la noche. Los sueños ya no eran sueños, no recordaba si alguna vez había soñado, a cada momento la misma cara estremecía su meditación, se introducía en lo más recóndito de su mente para atormentarlo. La angustia, su fiel compañera, había trasformado a aquel ser en un vagante, como si su alma hubiese sido condenada a la temible tortura del pasado.
Emile, todo le recordaba a Emile, aquel lugar era la viva imagen de su amada y fiel compañera, que egoístamente lo había abandonado e huido a un fascinante mundo de sueños. Como la despreciaba, pero como la amaba. En su interior una batalla descomunal se libraba, y exteriormente la ruina de aquella contienda dejaba entrever a la única victima.

Cientos de veces pensó en abandonar Villa Capra, pero como podía hacerle eso a ella, abandonar aquel que fuera hace muchos años donde el amor floreció. No podría vivir un día sin recorrer aquellos pasillos que lo llevaban hasta el salón central, y aquellos balcones, donde Emile pasaba sus tardes leyendo. Deseaba fervientemente olvidarla, pero imposible le seria dejar atrás tanto amor y pasión. Aquella lujuria que alguna vez sintió por ella, se acrecentaba a cada minuto de su ausencia, y trasformaba aquel palacio en la prisión de su espíritu

Durante las noches oía su dulce voz resonando en el Piano Novile, la sentía recitando poemas y odas al eterno amor. Pero era solo su imaginación, que deseosa de volver a amar incondicionalmente, jugaba de las más crueles maneras con aquella afligida mente.

Las eternas noches y los infinitos días se sucedía sin que el notara diferencia alguna. Vagaba inertemente por cada rincón de las casa buscando una explicación a su tristeza, una solución a su desdicha, una cura a su muerte interna. Pero ningún bálsamo, pócima, o artilugio mejoraría su condición, ya que no hay cura para el amor, ni resurrección para la muerte del alma. Pero si hay una cura para la vida, pensó en uno de los pocos momentos de lucidez. No hay ley natural que deba obligar al hombre a padecer la vida. Si este era un sufrimiento, debía acabar con el de inmediato. Aquel pensamiento recorría su mente a diario, meditó las miles de maneras de terminar con su padecimiento sin que la culpa lo carcomiese. El hombre no es quien para destrozar algo que por derecho le fue concedido, y si no es por derecho natural, que hay del derecho divino, toda su vida se había aferrado a la religión como respuesta a sus martirios. Pero aquella vez no había respuesta a tales incógnitas. De algo estaba seguro, el infierno estaría deseoso de recibirlo si con su vida acababa por motu propia.

Lo había decidido, terminaría con su vida, y aunque el averno fuera su destino, ahí se uniría con Emile, el solo pensar en la paz de su compañía, en volver a recrear esas dulces caricias lo llenaban de regocijo, aunque el infierno fuese su hospedaje, el estar juntos seria suficiente recompensa a los martirios que le esperarían. Con un ultimo hálito se desplazo por todos y cada unos de los rincones del palacio, vio por ultima vez los frescos religiosos que decoraban las galerías, los aposentos y pasillos. Ingreso al salón central, se desplomo en la silla de tejer de Emile, y tomo la copa de arsénico que había preparado horas antes, potente veneno que hacía décadas había comprado para dar fin a la vida de su noble corcel. Colocó el borde de la copa en sus labios, y de un sorbo ingirió hasta la última gota de su elixir de vida eterna.

Los minutos se sucedieron dejando llegar a las horas, pero no notaba ningún cambio. El veneno debía haber hecho efecto hacia demasiado. Comenzó a pensar que aquel liquido no era mas que una farsa, un engaño que aquel vendedor ambulante le haba propiciado, pero no, recordaba haberlo usado en su potrillo, y hasta en menor cantidad.

Del vació un llanto se hizo sentir, su cuerpo se estremeció como nunca antes, corrió desesperadamente por los pasillos, hasta llegar a una de las cuatro fachadas simétricas de la casa, y allí sentada en las inmensas escaleras de entrada vio a su amada, llorando desconsoladamente, con desesperación se abalanzo sobre ella para tomarla, pero su cuerpo traspaso la figura de Emile, como si ella no estuviese allí, o como si el no estuviese allí, en ese momento recordó que no era precisamente Emile la que había terminado egoístamente con su existencia. 

                                                                                                                                 D.D.A.sr

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