viernes, 25 de marzo de 2011

Las puertas

   Se levantó de la cama luego de horas de insomnio, algo distraía su mente pero desconocía que. Era una de aquellas intensas noches en que el aire fluye siguiendo el ritmo de las hojas, en que una leve sombra, apenas imperceptible, dibuja líneas multiformes de norte a sur, de este a oeste. Solo un pequeño haz de luz lunar ingresaba por la ventana del inmenso cuarto. Presurosa salio de su habitación y recorrió los lúgubres pasillos de la enorme casona, ingresaba a todas y cada una de las habitaciones buscando algo desconocido. Los antiguos muebles de caoba rechinaban sin cesar, pareciendo tener vida propia, seguidos cordialmente por el reloj de pie que imponía las dos de la mañana, pero ella seguía sin poder conciliar el sueño. Por momentos maldecía a la soledad -astuta y despiadada anciana ¿que quieres volverme loca?- susurraba sin cesar. Un momento de temporal calma la sucedió, pero corto era ese tiempo, siempre resurgía aquella sensación, como si la estuvieran observando a cada instante, en cada rincón del universo conocido. Las luces eran tenues, de un color amarillento pálido, que hacían juego con la humedad de las paredes y las cortinas desgarradas por el tiempo. Repentinamente un silencio gutural invadió la casa, ya los muebles no hablaban, el reloj parecía haber detenido su marcha, y el viento desapareció, mutando de brisa a inexistencia.
   Se levantó nuevamente de la cama, y caminó despaciosamente, solo para no levantar sospechas, subió aquellas escaleras que casi no recordaba que existían, pero siempre deben de haber estado allí. Se encontró en el último peldaño, solo un paso más y se adentraría en el profundo espacio del infinito posible. De lado a lado una hilera de interminables puertas parecía acompañarla a cada paso de su recorrido. Caminó recto, infranqueable. Inexplicablemente y sin buscar demasiadas respuestas llegó nuevamente a las puertas de sus aposentos, pero esta vez se encontraban cerradas, tomó el picaporte y dio casi una vuelta entera. Una ráfaga de luz segó su vista, intentó recuperarse y al observar a su rededor ya nada era como antes, o mejor dicho si lo era. Con temor dio los primeros pasos, parecía como si hubiera sido ayer, aquel cuarto había rejuvenecido 50 años. Pero no podía ser cierto, la ancianidad, hostil sucesora de la ferviente juventud, seguro le jugaba una mala pasada pensó. Su corazón bombeaba como nunca antes, parecía querer escaparse de su pecho. La habitación comenzó a empequeñecerse y su garganta se estrechó. Se recostó en la cama con los ojos cerrados, intentando pensar en cualquier otra cosa, la imagen de su amado y difunto esposo brotó vívida de entre sus pensamientos, como extrañaba a su amado, tantos buenos momentos había pasado con el. Un leve calor recorrió su cuerpo, pero una voz traída por el eco cortó su inspiración, parecía que alguien la llamaba, un sonido familiar llegaba a sus oídos de vez en vez pero sin decir nada, como un aullido en la noche de luna llena. Repentinamente y sin previo aviso sus parpados parecían ser atraídos por la gravedad, su cabeza comenzó a caer lentamente sobre la almohada de plumas hasta entrar en un profundo sueño.
   Se levantó con aquel sentimiento de juventud que solo los ancianos saben que existe, eran las 8 de la mañana y el sol comenzaba a entrar suavemente por el gran ventanal del cuarto. Sintió tal agrado que parecía estar levitando, hacía años que una sensación semejante no recorría su cuerpo. Caminó aun somnolienta hacia el espejo en forma de media luna que se encontraba en una esquina, por un momento se mantuvo inmóvil frente a su reflejo, creyó reconocer a aquella criatura pero no recordaba quien era, no comprendía aquella imagen, era como si mientras estaba durmiendo un universo paralelo pero mas atrasado en el tiempo la hubiera absorbido, se sentía en un lejano pretérito de su vida. Su tersa y sedosa piel había regresado, su cenizo cabellera era nuevamente rubio y radiante, y aquellos pardos ojos, que mantenían en velo a muchos jóvenes, habían resucitado. Presurosamente ante el miedo de despertar vistió aquellos vestidos que hacía años su cuerpo ya no le dejaba usar, estaba frenética, como nunca antes. En medio de aquel festín la puerta del cuarto se abrió, un hombre alto, de esbeltos rasgos, rubia cabellera, y ojos claros como el agua entró con total naturalidad, una extraña alegría recorrió su cuerpo que fue mutando a la más pura melancolía. Comenzó a romper en llanto como nunca antes, era el, aquel que tanto extrañaba, -Ían- gritó desesperadamente mientras corría a sus brazos. Carente de entendimiento ante aquel suceso la abrazó intentando detener aquel mar de lágrimas – ¿Que paso? ¿Que tienes?- inquirió desesperado, pero siquiera ella comprendía lo que estaba sucediendo, no sabia que o como explicárselo, Ian la miró con la mas dulce mirada del mundo y dijo con una sonrisa amable – tranquilízate, no pasa nada, siempre estaré aquí para cuidarte, solo descansa un poco mas si te es necesario, el desayuno estará servido para cuando tu lo desees- y se retiró del dormitorio. Se detuvo intentando recordar, pero sus pensamientos estaban casi en blanco, solo veía imágenes de su vida pasando o tal vez futura, pasando velozmente por su mente de manera borrosa. Pensó que tal vez solo había sido una mala noche, una de esas que por suerte solo se tiene una vez en la vida. Se cambió presurosa para ir a desayunar y salió de su cuarto, subió por las escaleras con extrañeza, caminó por el largo corredor, pero nuevamente se encontró con la inmensa puerta de su cuarto, un frío aire recorrió su espalda, y al observar a su alrededor lo único reconocibles era aquella puerta, solo la oscuridad la rodeaba, por temor ingresó nuevamente al cuarto. Una densa neblina lo inundaba todo, intentó sin éxito encontrar la puerta para salir nuevamente, el miedo se convirtió en su sentimiento y se recostó en lo único visible del cuarto: su cama, cerró los ojos por un momento y al parpadear todo estaba tranquilo, la luna alumbraba apenas las paredes, su cuerpo sin fuerza la seguía acompañando, y el olor a humedad y olvido presente e inolvidable. Estaba inmóvil, y aunque pudiera ya no deseaba hacerlo, se encontraba en un lugar conocido por lo desconocido que le era, sin espejos ni reflejos, una paz que rara vez los seres llegan a conocer la inundó, sintió el dulce olor de la muerte que llega en su justo momento para completar la existencia del ser, cerró sus ojos y suspiró por ultima vez.

                                                                                                                                     D.D.A.sr

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